Hay frases que suenan cliché pero, a pesar de eso, creo que hace falta recordárselas constantemente. Esta es una de ellas.

Cuando comencé a trabajar como periodista nunca me visualicé mucho a futuro. Hacía lo que tenía que hacer y aprendí mucho. Mis primeros años trabajé en una radio de la que no habría salido si no fuera porque nos echaron a casi todos por una crisis de la empresa. Fue un poco caótico y sentí algo de miedo, pero aún vivía con mis padres,  así que el temblor no fue tan grave.

Después de eso pasé por una agencia de noticias y a los pocos meses entré a trabajar a La Tercera Online, un trabajo con un mejor sueldo y mejores condiciones en todo sentido. Fue ahí también donde mi sombra comenzó a mostrarse y donde se manifestó a nivel físico en un constante y molesto dolor de colon que no me abandonaba ni en las vacaciones. El detonador a nivel externo fue una mala relación con mi jefe, sobre quien deposité todas las razones del mundo para estar molesta y frustrada.

Años después me di cuenta de cómo todo nació de mi juicio mental y cómo esa relación era un espejo tremendo de mi mundo interno.

El resultado fue una salida negociada de la empresa en condiciones positivas para mí. Los siguientes meses sí sentí bastante el vértigo de la cesantía, ya que me había independizado y vivía con mi pareja en un departamento con compromisos financieros y todo lo que se considera habitual. Cuando volví a encontrar trabajo la oferta estaba bien al límite de lo decente, pero “a caballo regalado no se le mira el diente”.

Durante todos esos meses escribía en un cuaderno mi intención en presente de encontrar el mejor trabajo para mí. No se parecía en nada a lo que realmente llegó, pero fue el inicio de un camino que me llevó a estar bastante cerca de lo que alguna vez me interesó en el campo periodístico, el periodismo científico.

Mis últimos dos trabajos como periodista fueron en esa área. Y fueron las empresas donde el equilibrio entre el factor humano y financiero fue casi perfecto.

Tengo convicción absoluta que lo que aprendí en el primero fue lo que me brindó la oportunidad de trabajar en el segundo. Esta vez sí sentí funcionar la ley de atracción y lo que había cambiado entre mi anterior experiencia y ésta era yo.

De alguna manera fue creciendo mi autovaloración y confianza. De por medio también nació mi hija que claramente fue un impulso gigante a mi conciencia.

Tanto que ahora estoy haciendo algo que jamás me imaginé y vibrando en la certeza total de haber tomado el camino correcto, la ruta que mi alma escogió como su propósito de vida antes de encarnar.

Pero soy humana y guardo en la memoria experiencias que me insegurizan a veces. También estoy llena de patrones de respuesta automática y reactiva a estímulos externos que lentamente he ido intentando cambiar.

Pero tengo fe. Por primera vez tengo completa confianza en mí misma. Y me siento feliz de estar en este proceso de reinventarme.

Por eso creo que es fundamental grabarse esta frase en la cabeza.  Siempre existe la posibilidad de reinventarse. Para hacerlo el primer paso es dudar. Dudar de todo lo que piensas acerca de ti, de todo lo que has creído que eres hasta este momento, lo que te han dicho que eres o de lo que eres capaz. Duda para encontrar la certeza interna de que puedes probar muchos caminos hasta encontrar el tuyo.