Cuando era niña me encantaba leer y escribir. Jugaba con una máquina que había en mi casa y me imaginaba como una gran escritora de novelas de misterio. Me acuerdo de un cuento que escribí que se llamaba algo así como “Desaparición entre dos eclipses”.

Por mucho tiempo pensé que a través de la escritura podría esconderme detrás de un mar de libros. Siempre vi a los escritores como personajes a quienes nadie podía cuestionar su personalidad, debido a que su obra se constituía en una especie de cerco infranqueable que los protegía de las críticas acerca de su comportamiento. Si eran distantes, tímidos, silenciosos o introvertidos, a nadie debía importarle. Por su creatividad todo les sería perdonado.

Yo soy una persona introvertida y me tomó algo así como tres décadas descubrir el valor de eso. Para mí era un gran problema. Una enorme dificultad para poder relacionarme con la gente. En el colegio me sentí muchas veces excluida, sola, demasiado diferente. Me recuerdo una vez manteniendo silencio por mucho rato mientras un par de compañeros desarrollaba una conversación solamente con el objetivo de ver si en algún momento se daban cuenta de que yo permanecía callada. Y creo que no lo hicieron. Pienso que de alguna manera me sentía un poco invisible y mi carácter o temperamento no me ayudaba mucho a visibilizarme.

Mientras mis compañeras comenzaban a experimentar con el amor y las aventuras románticas, yo seguía viviendo todo eso en mi imaginación. Y era raro, se sentía muy raro. A partir de la adolescencia se configuraron heridas que dejaron huellas por varios años en mi autoestima y la imagen que tenía de mí misma. Me resulta un poco extraño recordarlo, pero hubo un tiempo en que incluso evitaba verme al espejo. Si ni yo me veía, cómo me iba a ver el resto.

A pesar de eso, el Universo se encargó de mostrarme la magia de la sincronía en muchas oportunidades. Yo lo vivía como regalos de Dios, ya que en ese tiempo practicaba la religión católica. Un recuerdo que guardo con mucha emoción es de cuando minutos después de la medianoche, el día de mi cumpleaños, comenzó a sonar en la radio la canción Happy Birthday´s que cantaban los New Kids On The Block. Fue un momento de magia maravilloso.

En esa época la divinidad para mí estaba representada en el Dios católico. Así que a él le agradecía esos gestos. Y hablaba mucho con él, tanto que una vez me vieron hablando sola en la calle y les pareció extraño. En los momentos en que más sola me sentía, más cerca de esta energía estaba. Y así pasó mi adolescencia, conflictuada y llena de inseguridades, pero con un trasfondo feliz, porque en casa me esperaba una familia numerosa y amorosa. No exenta de problemas y dolores, pero un nido donde cobijar al patito feo que me sentía.

Tengo muchos recuerdos de mi infancia y de la adolescencia, varios son algo tristes y melancólicos. De la enseñanza media no guardo ningún amigo o amiga. Y eso, imagino, es una muestra de mi experiencia de esa época.

Agradezco ese aprendizaje que mi yo del futuro de esa adolescente puede observar con distancia y un intento de desapego emocional. Digo intento porque en estos días he estado soñando mucho con personas de ese pasado y, especialmente, con un grupo de niñas del colegio que, si analizo un poco, representaban todo lo que yo “no era” y “deseaba ser”. Hay algo aún ahí que no ha sido integrado o transmutado, lo sé. Porque siempre que participo en nuevos grupos entro con esa aprehensión de poder ser vista y valorada.

Entré a la Universidad a estudiar Periodismo por consejo de mi mamá, y en base a mi interés por la literatura, y fue una experiencia muy diferente a la del colegio. Lo primero que valoré fue encontrar personas parecidas a mí y eso fue sencillamente maravilloso. No estaba sola ni era tan rara como pensaba.

Han pasado más de 20 años desde que recibí el título de Periodista y una cantidad no menor de situaciones y caminos que me condujeron al momento presente. Hoy puedo verme con más amor al espejo, pero sé que aún hay algo dentro de mi que impide dejar salir toda la luz que existe en mi interior.

Por eso escribo, como una forma de sanar lo que aún sigue herido, para mostrar quién soy y lo que soy capaz de hacer, para reconectarme con lo que amaba hacer de niña. Y, también, para dejar una huella a quienes hoy se sienten o piensan de la manera en que yo lo hacía hace 30 años. Nada es tan grave, nada es tan definitivo. Siempre es posible reinventarse, volver a nacer, aunque lo primero es creer en una misma y, a veces, eso no es tan fácil.

Y aquí estoy, a los 43 años, comenzando una vida nueva de la mano del Tarot. Me sigo descubriendo cada día. Hoy, bajo una intensa lluvia, feliz y agradecida de esta oportunidad divina.