El camino parecía extenso. Tal cual la vida, desde su inicio no se veía el destino final. El personaje televisivo caminaba a mi lado, conversábamos acerca de los prejuicios, él hablaba de mí y me ponía ciertas etiquetas que ahora ya no recuerdo, pero eran calificativos injustos, arbitrarios y superficiales. Le dije que no estaba de acuerdo, que acaso qué pensaría si yo le dijera que él era un egocéntrico y un arrogante, solamente porque lo escuché hablando de cómo el canal de la competencia les jugaba sucio invitando por segunda vez a la animadora estrella del matinal, su ex compañera, a que apareciera por la señal de todos. Me miró y me encontró la razón, es verdad, dijo, estoy de acuerdo contigo, no podemos adelantarnos a caracterizar a las personas por un par de cosas que escuchamos de ellas. Entonces me pidió que lo acompañara camino al escenario. A pesar de que éramos unos completos extraños, la conversación entre nosotros resultaba familiar. La sensación era de una total falta de ego. A pesar de ello, sabíamos que lo estaban esperando sus fans en uno de los dos escenarios más disputados por los rostros, Teatro Teletón, Quinta Vergara? La forma era difusa, pero era evidente que se trataba de uno de esos dos. Entonces me pidió que apurara el paso y lo hice. Algo andaba mal porque el ritmo apenas varió, miré mis pies y encontré la razón de la demora. De pie, caminando, yo llevaba las piernas cruzadas, una sobre otra dejaban los pies ubicados a la inversa, mirando ligeramente hacia las diagonales, era imposible avanzar más rápido con esa disposición anatómica, pero aparentemente no era algo voluntario, debía moverme así, aunque no quisiera.
Cuando miré al frente ya estaba en otro lugar y el animador que también fue actor ya no caminaba a mi lado. Observé que esta vez el personaje central era el maestro indio. Desde una mirada racional, probablemente una antítesis del televisivo. Sin embargo, me pregunto ahora si son realmente tan distintos. Guardando las proporciones, el profesor también concentra un significativo grado de seguidores a su alrededor. Estaba dentro de un salón y llevaba una vestimenta que nunca le había visto. Mientras se entonaban los mantras, tomó el centro de las posiciones y comenzó a danzar, daba vueltas hacia un lado y otro, a veces apoyando el peso de su cuerpo sobre un solo pie y luego sobre el otro. Era un baile alegre, contagioso. Al finalizar, preguntó qué creíamos que representaba aquel rito. Yo saqué la voz y le dije que era una celebración o una fiesta. Me miró a un costado del pizarrón y en sus ojos percibí mi error. Fue lo último que vi antes de cambiar nuevamente de lugar.
Estoy al aire libre, me doy cuenta de que no podré hablar, porque no puedo mantener mi boca derecha, está torcida hacia la izquierda, los músculos de mi cara ejercen presión para mantener ese rictus. Intento sonreír y algo de la línea de los labios retorna a su posición normal. Pero la sensación es clara, algo que se torció sólo puede volver a enderezarse con voluntad férrea y persistencia.
Hacia el final de la cinta, el desenlace prometía descanso. Tú conducías la camioneta y diste un repentino frenazo que nos salvó de caer al caudal del río. Por unos segundos temí morir, pero recordé que en varios viajes anteriores algo similar había sucedido, caminando al borde del precipicio o llegando de improviso al final de un camino donde vacío o agua esperaban a los caminantes/conductores poco cautelosos.
No es primera vez que paso por esto, pero es la primera vez que lo vivo junto a ti. Ahora es sólo relajo, nado en una piscina termal, hay barro al fondo, tomo entre mis manos un lodo oscuro y pegajoso que me pongo sobre la cabeza y me cae sobre el rostro. La sensación es grata, ya no hay nada que temer del otro lado.