Para nadie es un misterio que a medida que vamos creciendo aumenta la percepción de que los días y ciclos pasan más rápido.
Cuando somos niños parece una eternidad el tiempo que transcurre entre un cumpleaños y otro, ni qué decir de la larga espera por los ansiados regalos del Viejo Pascuero (a quienes tuvimos la fortuna de poder mantener por un tiempo esa ilusión) o la llegada de las vacaciones.
Mientras somos niños los minutos son como días, los días como semanas y las semanas como meses. Como adultos, la relación parece invertirse y así, un día se nos pasa volando y el fin de semana en que debiéramos descansar generalmente se hace nada. Ahora que finaliza el período estival, nos sorprendemos y lamentamos de lo rápido que transcurrió el verano.
Es un cliché, pero no por eso menos cierto, que al crecer repetimos frases que antes nos cargaba escuchar en referencia a nosotros mismos. “Por Dios, que está grande este niño” es una expresión típica que sale formulada casi como un reflejo instantáneo, un flash que nos enceguece y nos deja atrapados en esa especie de deja vú donde ahora nos corresponde el papel del tío o de la amiga de la mamá.
El tiempo sí se pasa volando cuando somos grandes, por muchas y diversas razones: la cantidad de trabajo en la oficina, las numerosas actividades extras con las que llenamos la agenda, el aceleramiento con que nos trasladamos a todos lados, las labores domésticas, la planificación del día siguiente, de la semana, del año, qué haremos cuando jubilemos, y un largo etcétera.
Lo preocupante es otro cliché que se me viene a la cabeza, mientras el tiempo vuela nos arrastra en un torbellino en que la vida se pasa como un instante y donde solamente en pequeños momentos de lucidez y tranquilidad, nos preguntamos qué he hecho durante este tiempo para ser feliz.
Todo esto se me vino a la mente tras mirar esta imagen de Snoopy y Charlie Brown que alguien publicó en Facebook:“mientras encuentras lo que buscas, sé feliz con lo que tienes”. Es una frase de sicólogo, sin duda, y lo digo a ciencia cierta porque en una de mis sesiones de terapia (no muchas pero las hubo) una sicóloga me dijo que es probable que una persona nunca encuentre un trabajo que le guste y ante eso sólo hay una forma de avanzar y salir adelante: aprender a amar lo que haces. Siempre hay una opción si hablamos de una actividad que no dañe a otra ser vivo.
Y una de las razones importantes por las que el tiempo pasa volando es que hacemos un montón de cosas que no nos gustan, las hacemos por compromiso, obligación, por miedo al cambio, por comodidad. Más aún, con cuántas cosas perdemos el tiempo al llenarnos la mente de proyecciones que nunca suceden.
Hay un espacio en el interior donde no existe el tiempo y es aquel con el que deberíamos poder conectarnos. Como en los sueños, donde pareciera que una escena demora varias horas cuando en realidad ha sido un sólo pestañar.
La meditación es de alguna manera (¿o de todas?) una práctica ideal para detener el tiempo. Sólo mirando hacia dentro podremos encontrar aquellas actividades que nos motivan y que pueden llenar de gratificaciones nuestra existencia.
En lo particular, y aún con una estructura de personalidad más ligada a lo ermitaño que a lo sociable, estoy convencida de que la felicidad se halla en el contacto con los otros, en la búsqueda de esa unidad que nos permitirá alcanzar la trascendencia.
Al menos quienes hemos tenido la suerte de vivir experiencias de crecimiento y rodearnos de personas que despertaron nuestros sentidos más dormidos, deberíamos hacer el intento por detener el tiempo. Hacerlo también a nombre de aquellos a quienes la vida no les ha dado tantas oportunidades o a quienes el Universo ha puesto en su camino más pruebas de las que pudo soportar.
No es fácil y para muchos tampoco es entretenido, pero vale la pena intentarlo.