Traigo en mi ADN cósmico el trabajo con la culpa. Hace varios años que me he ido dando cuenta de su impacto en mi vida, pero sólo en el último tiempo he comprendido la dimensión real de su efecto negativo.

Desde pequeña recuerdo haber sentido el peso de no hacer las cosas de manera perfecta. Perfecta como sinónimo de lo esperado de mí. Y sí, por un buen y largo tiempo pensé que esto era resultado de un entorno demasiado exigente y circunstancias adversas que elevaron esas exigencias. Pero ahora entiendo que yo necesitaba de aquello y que escogí observar la realidad de esa manera. 

La culpa partió como una semilla que fue creciendo y que se transformó en un árbol bien ramificado cuando llegué a la adolescencia, con el despertar de la sexualidad en un ambiente donde la religión tenía cierto peso que mi conciencia exacerbó.

La culpa me acompañó cada noche por varios años. Sentir que no era capaz de controlarme. Ceder a los impulsos. Quedarme atrapada en el nefasto concepto de pecado.

 Y pasó ese tiempo. Pero la culpa se quedó con más fuerza dentro de mí y siguió creciendo de manera inconsciente. En las sombras. Y fue apagando mi fuerza creativa y mi autoconfianza. Sin darme cuenta estaba asesinando mi potencial creador femenino. 

Las Flores de Bach ayudaron mucho a limpiar ese patrón. Y fueron despejando la niebla de la conciencia. 

No es un trabajo que esté terminando, porque realmente no sé si ese es el sentido de la vida. ¿Es la meta más importante que el proceso? No lo creo.

La culpa es un tema que afecta especialmente a las mujeres, muchas en un estado de auto sobreexigencia,, desempeñando múltiples roles y a veces sintiendo que en ninguno de ellos se es suficientemente buena.

Es un patrón que hay que sanar y está en tus manos comenzar a despejar la niebla de la culpa en tu vida. El alivio que se siente es literalmente sacarse un peso de encima.

Hazme saber si quieres conocer cómo trabajan las Flores de Bach sobre este estado emocional. 

Si buscas claridad, explora en tu interior.