Soy agua. Y en sus profundidades a veces me ahogo. Toco fondo y recuerdo que nunca aprendí bien a nadar. Apenas sé flotar y, por causa de una rinitis persistente, respirar y llevar aire a mis pulmones no siempre resulta fácil, ni siquiera estando en la superficie.

Soy aire. Mis pensamientos vuelan, a veces húmedos, pegotes, persisten en quedarse viviendo en mi mente a pesar de esfuerzos constantes por desalojarlos. El contrato de arriendo terminó, les digo. Y se resisten. Se aferran a las paredes en su viscosidad pantanosa.  

Soy tierra. Mis pies buscan sus raíces pero se pierden la estabilidad del suelo. Me mareo, doy vueltas, bailo, busco manifestar, lo consigo, luego miedo y desequilibrio otra vez. La tierra de esta Tierra es mi hogar, me repito. Mi nido, mi océano.

Soy fuego. Ardo, por dentro y por fuera. Quiero comerme al mundo con una llamarada de mi aliento de Dragón. Busco la pasión, a veces la encuentro en una esquina recogida, doblada, olvidada. La llama que se convierte en incendio, el incendio que sofoca la tierra, que humedece el agua, que expande el aire. 

Soy agua, aire, tierra y fuego. Soy espíritu, soy canal, soy red, soy alas. 

Busco un norte, o un sur. Lo encuentro. Se escapa, lo busco otra vez. 

Recuerdo entonces que igual que en tantas historias antes contadas, aquello que anhelo está siempre más cerca de lo que piensas.

Por qué el miedo, por qué la soledad, por qué la rabia, por qué la herida. No es por qué, es para qué. Y el para qué, eres tú. Siempre tú, siempre yo, siempre nosotros, nosotras, nosotres.