Te pasó alguna vez que llegaste a tu oficina y tus compañeros te preguntaron qué soñaste anoche. O que al despertar, la conversación durante el desayuno tratara acerca de lo que se vivió en el mundo onírico la noche anterior.

A mí me suena maravilloso, pero lo cierto es que este escenario es muy raro en la actualidad. Vivimos en una sociedad tan acelerada (tanto que vino de fuera la obligación de detener el paso), que todo aquello que no manifiesta una funcionalidad para alcanzar éxito material visible, y ojalá inmediato, queda relegado a último plano. Y en ese cajón lleno de polvo, olvidado en el fondo de un subterráneo muy húmedo, dejamos enterrado un tremendo tesoro: una llave que abre la puerta al autoconocimiento.

Soñar representa un camino directo hacia el inconsciente, no sólo al que cada uno tiene, sino que también a la información que ha ido quedando almacenada a través de la historia con los símbolos y experiencias que compartimos en forma colectiva.

Para poder visualizar de lo que hablamos, imagina que la mente o psique humana es un gran círculo donde la parte superior, una parte bien pequeña, indica todo lo que está a nivel consciente, lo que recuerdas, la información que te sirve para moverte en el mundo y responder a las demandas habituales en tu vida.

Todo el resto del círculo es el inconsciente, donde se almacena todo lo que percibimos a través de los sentidos pero que la mente no capta, lo subliminal.

En el inconsciente se quedan los recuerdos y memorias de la primera infancia, deseos, fantasías, capacidades creativas no desarrolladas, rasgos inadecuados de la personalidad que escondemos porque “no nos sirven”, los instintos y los arquetipos, que son tendencias o representaciones comunes a todos los seres humanos.

Llevado al lenguaje digital, el consciente es todo aquello a lo que accedemos a través de la vista de la pantalla del computador, mientras que el inconsciente es lo que dejamos en el disco duro, donde hay que entrar a navegar para encontrar las carpetas y archivos.

Y en ese disco duro hay muchas partes de nosotros mismos que desconocemos o negamos. Comenzar a verlas a través de los sueños nos permite integrarlas, reconocerlas, abrazarlas y, si es necesario, transformarlas.

Pero para llegar a eso primero hay que aceptar que al retrato que hemos hecho de nosotros mismos muchas veces le faltan colores y formas que se perdieron en el olvido.