Yo estaba profundamente enamorada de él, de una manera tan intensa y apasionada como sólo puede estarlo una niña que a los doce años está entrando en la adolescencia. A esa edad mi mundo estaba sufriendo una enorme transformación plagada de desencanto frente a todo lo que no era ni tan perfecto ni tan fantástico como se cree en la infancia.

Estoy casi segura que él nunca supo de mi existencia, lo que convierte esta experiencia en uno de esos un poco patéticos amores platónicos, donde todo ocurre dentro de la mente de una sola persona que no logra cruzar la línea entre lo real y lo ficticio. Yo me encontraba en una especie de trópico donde me protegía de mis propias inseguridades.

El colegio fue el telón de fondo de esta historia de desamor donde el corazón maldito no era mío ni tampoco suyo, sino el hijo no deseado de mis sueños. El único testigo de este acontecer adolescente fue mi fiel diario de vida, cómplice de una espuria felicidad que se traducía en flores y caritas sonrientes colocadas en los márgenes de sus páginas, adornando el relato de aquellos muy escasos momentos en que el destino ponía nuestros caminos por carriles paralelos.

Escribiendo estas líneas tomo conciencia de cuánto me interpretó en algún momento ese tormentoso personaje de Sábato, el pintor Castel. Yo vivía en un túnel, solitaria, viéndote pasar por un pasadizo contiguo al mío, creyendo que caminabas a mi lado, cuando en realidad era sólo yo mirando a través de un vidrio la existencia de los otros, ese espacio y tiempo del que tú formabas parte, externo e inaccesible.

Creo que lo que me enamoró fue su mirada profunda y transparente. En conjunto con su nariz prominente, que revelaba su ascendencia turca, y una amplia sonrisa, su rostro adoptaba una expresión eternamente amigable. Él era un año mayor que yo, por lo que estábamos en distintos niveles. Esa barrera era la excusa ideal para mantener mi amor en los protegidos límites de la fantasía.

Mi corazón no ha palpitado nunca con tanta fuerza como cuando estaba cerca de su cuerpo. No era un contacto físico concreto, nunca lo hubo, sólo fueron aquellas maravillosas oportunidades en que coincidíamos en el kiosco del colegio durante el recreo o en alguna actividad escolar fuera del establecimiento.

Una sola vez le hablé y fue para darle un recado. Pasé toda la mañana tratando de encontrar el valor para acercarme y cuando lo hice el momento pasó tan rápido que apenas recuerdo sus palabras.

Si cierro los ojos, también puedo sentir cómo se rompe el corazón de esa niña-adolescente que era yo. Una tarde lo descubrí tomado de la mano de una de sus compañeras de curso. Era una de las chicas más bellas del colegio y allí estaba él demostrando su amor sin pudor alguno, en plena vía pública, escupiendo en mi cara una realidad a la que yo me negaba.

Qué extraña coincidencia hizo que esa situación se produjera en plena calle San Diego, justo antes de que entráramos a ver “La vida es sueño” en el Teatro Cariola. ¿Era esa una cruel burla del destino? ¿O una bofetada para hacerme caer de golpe en la dimensión física y salir de mis oníricas interpretaciones?

Esa noche no hubo caritas felices en los márgenes de mi diario. Una críptica oración selló para siempre en mi memoria el dolor de ese momento.

Así transcurrieron cerca de tres años. La imaginación siguió ganando terreno a lo real. Cada año esperaba que al siguiente se presentaran nuevas y mejores oportunidades de conocernos, aunque mis temores siempre eran más fuertes que mis ganas. Mis persistentes inseguridades eran los ladrillos de ese oscuro túnel que iba construyendo alrededor mío. Fue una época bastante melancólica.

El tiempo, la madurez, el dolor real del desgarro en el alma contribuyeron a que rompiera las paredes de ese túnel que construí en mi adolescencia. La figura esbelta de mi primer amor, con su sonrisa amable, sus ojos oscuros y penetrantes, quedó para siempre encapsulada en mi memoria. Cubierta por la magia de los sueños, incorruptible ante el tiempo y la gravedad.

El único testigo de mi amor platónico fue silenciado hace muchos años cuando en un arranque de pasión decidí botar a la basura todos los vestigios de ese personaje atormentado. Quise cortar de raíz con esa versión antigua de mí misma porque temí quedar encerrada para siempre en la oscuridad de ese pasadizo secreto e inescrutable.