He visto El viaje de Chihiro varias veces porque me encanta y hace algunos días descubrí que casi al final de la historia uno de los personajes dice una frase que a mi me cayó como un rayo divino. “Nada de lo que pase es olvidado, incluso si no lo recuerdas”.

Debe ser porque durante el último año he abierto ciertos cajones de mi inconsciente que no sabía que existían, pero una afirmación que puede sonar muy sencilla se transformó en una especie de epifanía en el momento en que la escuché.

El Viaje de Chihiro es una de las películas más hermosas que he visto en animación y cuenta con un argumento que, en lo personal, me impresiona por su magia y su potencia. Qué decir de sus bellas imágenes. Y cuando esta frase entró en mi conciencia, el amor por esta película sólo creció.

A medida que pasan los años vamos perdiendo un poco la capacidad para recordar ciertas cosas. La memoria es selectiva y, ciertamente, sabe muy bien hacer su trabajo seleccionando qué es necesario o urgente. No podríamos recordarlo todo, pero la verdad es que no hay ninguna experiencia de la vida que sea realmente olvidada. Aquello que no se recuerda pasa a formar parte de toda esa larga lista de asuntos que quedan en el inconsciente. Y allí se van también muchas experiencias que intentamos borrar para poder seguir funcionando en modo automático.

Pero cuando un recuerdo se va a ese mundo inconsciente y no ha sido transmutado o integrado a la vida consciente, siempre encuentra la forma de salir. Siempre. A través de las sincronías, en espejo a través de relaciones o situaciones que vivimos, en los sueños, en lecturas de Tarot, etc. Cada vez que pueden, estas experiencia intentan mostrar que están ahí presentes, en las sombras, buscando que llevemos luz a esa oscuridad. Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma es una de las expresiones más conocidas del siquiatra alemán Carl Jung. Y sí, yo lo siento así. Yo lo he vivido así.

Estoy convencida que para poder evolucionar a nivel espiritual necesitamos enfrentar aquellas situaciones o hechos que dejamos guardados en el fondo más oculto de nuestro propio inframundo.

Todas las experiencias que vivimos tienen un sentido, incluso las que consideramos malas o negativas. Integrarlas y transmutarlas es el inicio del camino para sanar cualquier herida que ellas hayan podido dejar.

Cuando pienso en esto, se me viene la imagen de dos hermosas cartas de los Arcanos Mayores del Tarot, La Templanza y La Estrella. La primera que surge como oportunidad de balance interno después de transitar por la intensa transformación que se vive con el arcano de La Muerte, y la segunda, conectando con ese estado de fe profunda, confianza plena y sanación luego de haber transitado por la caída absoluta de nuestras viejas y vencidas estructuras, representada en La Torre.

Ambos arquetipos nos hablan de un estado de armonía y de honestidad con nuestro ser interno, porque reconocen la necesidad de sacar toda la basura que habitualmente metemos bajo la alfombra, integrando sus dualidades, teniendo presente el mundo emocional y material, mirando las dualidades no cómo aspectos ajenos sino como parte de un todo.

Cuando nos entendemos como seres completo e íntegros a pesar de nuestras partes rotas, somos capaces de vernos también como piezas fundamentales de un gran todo colectivo y divino. Y en esa forma de ver-nos ya es imposible sentirse solos o ser insensible al dolor de los otros y otras.