Creo que es algo que he sabido desde siempre, pero a veces se me olvida y me pierdo en el sinsentido de la soledad y el aislamiento.
Lo supe desde antes de nacer, pero en el momento del parto de mi madre esas memorias se borraron de esa zona del cerebro que “recuerda”.
Todo está conectado. Todo es energía y todas las acciones que emprendemos tienen un impacto en los otros. Somos como esa hermosa red de micelio que inunda el mundo subterráneo. La conexión es a veces invisible, a veces tan sutil que parece inexistente. Pero está. Y a partir de aquello que aparece oculto pueden nacer y morir muchas cosas.
La mente consciente a veces se niega a percibir esta interrelación de todo y de todos. Pero si quieres una evidencia, simplemente observa las ondas que se forman a partir de un estímulo dentro del agua, una gota genera pequeñas ondas, una persona es capaz de irradiar ondas más grandes.
Somos seres con ondas de energía a nuestro alrededor, ondas invisibles que se conectan con las de los demás.
Lo vi hace poco con mis propios ojos, una tarde de verano con mi hija disfrutando dentro de un lago. Sus ondas sutiles pero poderosas vibrando en torno a ella.
Y entonces lo volví a entender. Pero se me olvida. Constantemente se me olvida como probablemente también se te olvida a ti.
¿Es verdad eso que dicen del “efecto mariposa”? ¿Puede el batir de las alas de una mariposa en América Latina ser capaz de provocar un ciclón en algún lugar de Asia?
Claro que sí. Y esta historia tiene por propósito contarte una de esas experiencias.
Fui madre hace 9 años. Una decisión meditada y postergada ante algunos miedos que albergaba en el corazón debido a la pérdida temprana de una hermana que fue también un poco hija.
Este pequeño ser que llegó a mi vida el 2013 cambió por completo mi mundo. Ella es de alguna manera esa gota en el agua que con sus ondas transformó las mías. Aunque la historia no se trata precisamente de ella.
A sus dos años tuve que buscar a una persona para que la cuidara en casa, dado que como buen sistema patriarcal y capitalista en el que habito, no se me permitía quedarme con ella más allá de los 6 meses.
En la búsqueda apareció ella. Una mujer amorosa, de piel matizada por el sol, de hablar cantadito, de voz cálida y afecto a flor de piel.
Fue un sábado a colaborar con el aseo y tuvo tal sintonía con mi hija que le ofrecimos el puesto y lo aceptó.
Yo nunca había tenido una persona contratada para prestar servicios domésticos pero con ella todo se hizo bastante fluido. Podíamos conversar y de alguna manera creamos una incipiente amistad.
Ella me daba tranquilidad y certeza de que la persona más importante de mi vida estaba bajo un cuidado cariñoso y lúdico.
Su vida no era fácil. Había emigrado desde Perú años atrás junto a su marido, dejando a dos hijos, uno de ellos muy pequeño, al cuidado de su abuela.
Cómo se me apretaba el corazón cada vez que pensaba que el cariño que le entregaba a mi hija era en parte un afecto robado a los suyos. Pero a pesar de este dolor ella habitualmente irradiaba alegría. Era divertida, amorosa y muy aplicada en su trabajo.
Un par de años después yo era consciente de que se convirtió en un pilar para mí. Un brazo derecho, un hígado. Mi confianza en ella era absoluta.
Curiosa coincidencia es que fue por septiembre, cuando en Chile el ánimo está exacerbado por la cercanía de las Fiestas Patrias y la primavera, que sucedió ese evento expansivo que, más que una gota sobre el agua, fue un edificio derrumbándose hasta los cimientos. Las ondas fueron más bien polvo y escombros salpicándonos a todos.
Recibí un mensaje de texto en mi celular donde me avisaba que al día siguiente no podría ir a trabajar, pero que necesitaba juntarse conmigo en una placita cercana al edificio donde vivíamos.
Mentiría si dijera que tuve un presentimiento, porque lo que sucedió después no estaba entre mis potenciales futuros, pero tampoco es menos cierto que algo dentro de mí me avisó que algo andaba mal.
El día acordado nos juntamos en la plaza. Llegó vestida con la parka negra que siempre usaba, abrigada para esas bajas temperaturas matutinas de septiembre que después se transforman en un desagradable calor cuando te pillan con exceso de ropa.
Hubo un elemento que distorsionó su imagen habitual. Llevaba sobre los ojos unas grandes gafas oscuras. Yo sentía un poco de frío que aumentó al verla llegar así.
Se sentó junto a mí, se quitó los lentes y pude ver la dimensión del meteorito que estaba cayendo.
Tenía uno de sus ojos inyectado en sangre y la mitad del rostro de color morado intenso. Su marido la había golpeado, borracho por obra y gracia del alcohol que abundaba más que nunca en esas fechas.
Mi corazón se partió en dos al verla así, pena y rabia combinadas ante la injusticia de ver sufrir a una mujer tan cercana. Intenté apoyarla y ayudarla con los medios que tenía disponibles y entonces pronunció las palabras que cambiaron todo mi mundo.
Había decidido irse a trabajar a Barcelona. Sólo se quedaría un par de semanas más con nosotros.
Con empatía y profunda tristeza la abracé y le dije que entendía su determinación, aunque me parecía un poco precipitada, especialmente porque esto ponía un océano de distancia con sus propios hijos.
Quedé en estado de shock. Presenciar por primera vez en forma directa las consecuencias de la violencia hacia la mujer fue un golpe de realidad, pero también lo fue el sentir que en poco tiempo comenzarían a caerse los pilares sobre los que sostenía mi vida: la certeza de que mi hija estaba bien cuidada mientras yo rendía cuentas al sistema capitalista.
Todo está conectado. Pero lo percibimos en forma más clara cuando suceden este tipo de situaciones.
Lo que sucedió después es una historia larga. Por el momento sólo necesitas saber o visualizar en tu mente esta cadena de hechos: un golpe, expresión de violencia y patriarcado en el cuerpo, deriva en la decisión de una mujer para moverse hacia el otro lado del mundo en busca de seguridad y mayores ingresos para enviar a sus hijos. La determinación de esta maravillosa persona fue el catalizador de un despertar interior en mí que me llevó a hacer un cambio radical. Eso que llaman un cambio de 180 grados.
Las ondas alrededor del meteorito aún persisten. Los cambios siguen en curso. Todo está conectado y la transformación nunca termina.